Terminator: Dark fate

(¿Mexicanos al grito de guerra?)

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La relevancia de James Cameron dentro de la industria hollywoodense es tal que cuando el tipo se pone detrás de una cámara revoluciona el cine, como en el año 2009 cuando impuso la moda de la  tecnología 3D con su Avatar. Es un tipo que mas que prolífico es mas bien exitoso, pues a lo largo de su carrera ha dirigido menos de diez películas, sin embargo, dos de ellas ocuparon, en su momento, el título de la película más taquillera de todos los tiempos (Titanic, Avatar). Y aunque  realizar películas con recaudaciones obscenas figura bien en el curriculum, quizá James Cameron sea mayormente conocido por ser la mente detrás de una de las sagas más icónicas desde los años ochenta hasta el presente, y con la cual, de paso, le agenció la carrera a Arnold Schwarzenegger, me refiero a Terminator (o el exterminador en español).

Terminator es una reinterpretación del clásico de Mary Shelley mezclado con los viajes en el tiempo con una pizca de mitología judeo-cristiana en la cual John Connors es la última esperanza de la humanidad al convertirse en el líder de la resistencia en un futuro distópico en el que las maquinas se vuelven contra sus creadores. Y aunque la premisa resulta atractiva y pareciera que tiene un sinfín de posibilidades a explorar, lo cierto es que en la práctica la historia fue perdiendo fuelle además de ser reciclada una y otra vez, al punto de perder cualquier atisbo de originalidad y frescura, y todos creíamos que esa falta de ideas se debía a que James Cameron dejo de tener contacto directo con la franquicia después de la segunda película y que su genio era imposible de reproducir y fue esa, precisamente, la razón por la que llamo la atención el hecho de que Cameron volvería como productor y guionista para una sexta entrega de los robots asesinos futuristas, porque asumimos que por fin veríamos una extensión del universo tal como el director lo concibió hace casi cuatro décadas… pero no.

Pero hablemos primero de las virtudes, que tampoco no son pocas; en primer lugar hay que señalar a Linda Hamilton que vuelve con el mismo compromiso que en sus participaciones anteriores en la saga, aunque hay que admitir que en general todas las actuaciones están bien (exceptuando a Diego Boneta quien sigue estando en Luis Miguel); el filme es dinámico y, en resumen, es una película de acción correctita, pero hasta ahí. Sin embargo, sí hubo algo que me encanto y es el  involuntario realismo con el que la película retrata la cotidianidad de vivir en México, es decir, en este país los derechos laborales son violados, en las calles hay violencia sin razón aparente, el tráfico es un infierno, te matan por una bolsita de fruta y sí eres mujer es muy probable que desaparezcas; por otro lado, es de agradecer que el director no coloco el filtro amarillo en las tomas situadas en México.

Ahora, bien, de los defectos de los que adolece la película, el mayor es que Terminator: dark fate no es ni Terminator ni Terminator: judgment day, ni de perdida, Terminator: Salvation, que de todas las secuelas en las que Cameron no participó fue la única que proponía algo e intentaba desmarcarse de lo ya hecho; lo anterior es debido a que esta entrega vuelve a abusar del recurso del viaje temporal que ya para este punto parece ser más mero fan service que un elemento narrativo relevante, pero no solo eso, sino que tira por la borda elementos que hasta ahora parecían indispensables, o que eso nos hicieron creer durante décadas, y los reemplazaron con sus símiles de esta época en la que la inclusión, lo políticamente correcto y el feminismo forzado se convirtieron en una constante que, en este caso, debilita la trama y brinda motivaciones flojas a los personajes nuevos.

No puedo decir que detesté la película, al contrario, me divertí en la sala del cine, pero me queda la sensación de que este reboot disimulado es una oportunidad desperdiciada, ya que bien se pudo haber aprovechado para extender este universo apocalíptico.

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