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De lo mexicano, mascaras y posverdad

Por: Talina González

El tema del momento es el nacionalismo como contraposición a Trump. Las banderas de México llenan los muros del Facebook, y no sólo en los perfiles de los mexicanos sino en los de la comunidad internacional. Incluso las críticas contra los gobiernos, que habían acaparado los medios y a la sociedad civil al inicio del año, parecen diluirse ante la necesidad de reforzar la idea de la nación y de lo mexicano.

Ante este momento histórico es obligación regresar a la eterna pregunta que por décadas ha hecho brotar ensayos, textos y las mejores novelas de las mentes de los intelectuales mexicanos:¿Cuál es el verdadero rostro del mexicano?

Las respuestas siguen sin convencer por completo y los análisis siguen sin ser definitorios por que el mexicano de hoy, al igual que el mexicano de los cincuenta sigue despintándose, tachándose y borroneándose. La frase acuñada por Rodolfo Usigli en 1952 donde indica que la “tragedia de México hasta ahora y por ello la tragedia del mexicano, reside por igual en todo lo que oculta, por lo que (eso) exhibe, y en todo lo que exhibe porque (eso) lo oculta” sigue siendo cierta.

Los ejemplos abundan: y sin ir más lejos las autodescripciones de los personajes nos sirven de ejemplo; la facilidad con la que se modifican los discursos de presentación, los currículos, las opiniones sobre las cosas. Mientras se está en la nómina, el empleador es la panacea de la humanidad, pero en el momento en que el contrato acaba (sean cuales sean las razones), la novela rosa termina y con ella las impresiones positivas sobre ese pasado cercano.

Bastaría revisar los currículos redactados por una misma persona a lo largo de su vida para observar ese borroneo constante del ser que hace, no sólo el mexicano sino el ser humano. (El mismo Usigli acepta que el uso de máscaras no es privativo del mexicano sino que es universal)

A este respecto, viene al caso un personaje que surgió en una reciente charla de café: Arturo Marcelín, conocido empresario cancunense de origen cubano, cuya carrera se construyó y solidificó en una de las empresas de hospedaje más conocidas del Caribe Mexicano (de la cual incluso es socio). Este personaje, radicado en México desde los ochentas al parecer “ha despotricado” como se dice vulgarmente, en contra de sus socios durante los últimos meses, y en contra de la empresa que lo vio crecer.

El proceso de borroneo, y reconstrucción “del yo” que el citado empresario hace de sí mismo, sirve de ejemplo para lo descrito en los primeros párrafos de este testo pues basta cotejar sus últimos comentarios ante los medios de comunicación con los contenidos de su blog personal: mientras “el nuevo Marcelín” acusa de traición y corrupción al grupo hotelero, en su blog alaba y elogia la calidad y liderazgo de la empresa.

Su propia biografía publicada en su blog, destaca ampliamente sus logros en el grupo, y pone de manifiesto que antes de esa era, su vida empresarial y profesional no había sido la más destacada. Esta última también es una de las características del mexicano (humano diría Usigli): la ingratitud.

Y es que en cierta forma todos somos como la Calandria de la canción:, que ignora al gorrioncillo que la liberó y que al más puro estilo de la posverdad (que tanto daño ha hecho a la sociedad) responde sin miramientos: “A usted ni lo conozco ni presa he sido yo”.

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